Realmente no estoy seguro si lo que voy a contar, pertenece a la realidad o al plano de la fantasía; De todos modos, se trata de BDSM y por el simple motivo de la socialización de situaciones, relataré lo que me sucedió ayer por la mañana.
Generalmente me levanto tarde, nunca antes de las nueve y como ocurre habitualmente, debo salir en busca de algo para desayunar, ya que trabajo por la tarde y algunos días de la semana, doy clases en un colegio nocturno, por lo que nunca tengo tiempo de comprar algo para el día posterior. Como lo hago casi todos los días, salí a eso de las once de la mañana, después de haber tomado un baño, hacia un mercadito que queda a unas tres cuadras de mi casa. Mi intención era comprar algunas cara sucias y un atado de cigarrillos, ya que inoportunamente se me habían terminado la noche anterior y definitivamente me mataba la ansiedad.
Antes de llegar a mi destino oí que me hablaban por detrás y como soy muy respetuoso y atento con los vecinos del barrio, volteé para saludar. Ante mis ojos se presentó la figura de mujer envuelta en un largo y colorido vestido. Era una gitana, llevaba entre sus manos un atado de broches, un magiclick y dos paquetes con sendos modelos de tijeras. Me miró directamente a los ojos, y como me lo imaginé, largó el verso natural de un vendedor ambulante- Necesitas broches?- (En realidad soy muy distraído en lo que se refiere a las tareas del hogar, y tengo, desde hace ya varios años, una empleada que viene a casa tres días a la semana y se encarga, cuanto puede, de las tareas hogareñas, por lo que no sinceramente si necesito broches o no; Y aunque de tanto en tanto algo tenga que lavar y colgar en la soga, no era ese el momento adecuado para decidir si los necesitaba)
Claro.- Le dije – Como si la carencia de los elementos sujetadores requiriera pronta urgencia. Y saqué la billetera, que siempre guardo en el bolsillo trasero derecho de mi pantalón. Mientras abría descuidadamente mi bolsita de contención de dinero, noté que la mirada de la gitana se posaba sobre los únicos dos billetitos que tenía. (Uno de apenas cinco pesitos y otro, un poquito mayor; Concretamente de veinte pesos). – Y, ¿Cuál es el precio de los broches? – Pregunté. A lo que ella me respondió. - Son cinco pesos, pero si te llevás el magiclick te hago veinticinco!. - $20 por el chispero!!! - Exclamé; mientras imaginaba el precio de las tijeras. – No, gracias!, me manejo con el encendedor – Le respondí, tratando de que entendiera de buena manera que con los brochecitos quedaba más que satisfecho.
Sucede que los vendedores ambulantes, no se contentan con poco, particularmente los gitanos, que intentan por todos los medios de convencerte de que a un elevadísimo precio, adquieras cosas que ni siquiera pensabas comprar. Esta situación me pone muy incómodo y como me desagrada la presión, intenté evadirla dándole los cinco pesos en forma de pago por los broches y diciéndole de manera serena. – Mujer; No necesito nada más, aunque si lo que deseas es ganarte estos otros veinte pesos, podríamos llegar a un acuerdo. Si accedes a recibir veinte azotes con una rama. Los veinte pesos son tuyos! – No pude evitar sonreír mientras profería las últimas palabras y no sabría describir con exactitud la mirada que me lanzó la gitana; Lo cierto es que tomó de muy mala manera el dinero y se marchó. Al instante, retomé mi camino sin poder voltear para observar como huía despavorida. A los dos segundos sentí que me chistaban, y pensé (ésta me tiró los galgos encima), me di vuelta con precaución, ya que me esperaba una estampida de gitanos encima de mi cabeza bailando alguna extraña danza andaluza, pero por fortuna me equivoqué; Era la misma mujer. Linda gitana, como no las había visto antes en mi vida. Limpia, al menos así lo parecía a simple vista.- Elegante al caminar y de muy buen gusto para escoger la vestimenta que las caracteriza. – Me explicas mejor de que se trata lo que me propusiste recién – Me dijo con un tono vergonzoso. Volví a explicarle cual era la situación, ésta vez de manera un poco más tímida, pero segura y prestándole poca importancia a la situación. – Bueno, y… Donde lo hacemos – Me contestó sin tapujos. Glup!
Comenzamos a caminar hacia el lado opuesto al que yo iba; Intuitivamente la estaba guiando hacia mi casa, por lo que en un momento dudé y quise evadir la situación; Pero ante todo, soy un hombre de palabra, por lo que de inmediato visualicé un terreno baldío, a escasos metros de donde nos encontrábamos y le indiqué que cruzara el alambrado y me esperara detrás del paredón. Obedeció al instante, y mientras observaba a mi alrededor, intentando evitar que la mirada indiscreta de alguno de los vecinos se posara sobre nuestros actos, recordé mis días de adolescente, cuando la impulsividad y la espontaneidad eran todavía situaciones frecuentes. Debo confesar que me sentí muy avergonzado, y que aunque considere que la impulsividad es inversamente proporcional a la edad en la que se realizan ciertos actos; El doble de la cordura que emplee en ese momento, es la misma que poseía a los doce o trece años. Sin embargo, ya estaba metido en aquel suceso y me dispuse a disfrutarlo hasta las últimas consecuencias.
Entré con precaución al predio citado y me acerqué a la gitana con cautela. Le pedí amablemente que apoyara sus manos sobre el gran paredón que daba hacia la calle y levanté delicadamente sus vestiduras hasta la cintura. Noté que su respiración se aceleraba, por lo que me tomé unos minutos para explicarle que no iba a golpearla fuerte, solamente y a mi criterio, la azotaría por veinte pesos. (Un peso por golpe puede ser muy barato o muy caro, según como se golpee). Entre risas y gemidos, se sucedieron los veinte ramazos; Entre azote y azote, mis palabras se mezclaban con el ruido de la ramas de sauce cortando el aire. Me detenía y volvía a azotar, al compás de los movimientos de cadera de una inexperta spankee. El terminar, se manifestó tranquila y silenciosa y, al darse vuelta me clavo sus ojos negros de una manera cómplice, llamativa.
Inmediatamente volví a sacar mi billetera y le entregué los únicos veinte pesos que me quedaban. Ella los tomó, me agradeció gentilmente y se marchó de prisa. Antes de cruzar el alambrado que sirve las veces de puerta de aquel sitio baldío, se volvió un instante y me dijo.- Esta noche jugale al 88; Vas a tener suerte!.-
Estuve a punto de preguntarle en que quiniela, porque ahora hay varias; Pero, supuse que ya me había dado suficiente.
Con más vergüenza de la que entré, me toco salir de aquel lugar; Por fortuna no había nadie demasiado cerca. En vez de ir al mercadito, tuve que volver a casa a buscar la tarjeta. Las ganas de fumar se habían desvanecido momentáneamente y todo mi cuerpo estaba poseído por una sensación de satisfacción completa. A los cinco minutos, tenía ganas de prender un cigarrillo. Me crucé con un vendedor de escobas y amablemente me convidó uno. (Por fortuna no me pidió nada a cambio). Por cierto… Alguien sabe que número salió en la quiniela ayer por la noche?.
Escrito por: Bat185
Extraído de: BDSM Argentina